Saturday, July 14, 2012

The Sphinx Without A Secret (Part 3)


"I wanted to get to Picadilly..."
     'When Monday came round I went to lunch with my uncle, and about four o'clock found myself in the Marylebone Road. My uncle, you know, lives in Regent's Park. I wanted to get to Piccadilly, and took a short cut through a lot of shabby little streets. Suddenly I saw in front of me Lady Alroy, deeply veiled and walking very fast. On coming to the last house in the street, she went up the steps, took out a latch-key, and let herself in. "Here is the mystery," I said to myself; and I hurried on and examined the house. It seemed a sort of place for letting lodgings. On the doorstep lay her handkerchief, which she had dropped. I picked it up and put it in my pocket. Then I began to consider what I should do. I came to the conclusion that I had no right to spy on her, and I drove down to the club. At six I called to see her. She was lying on a sofa, in a tea-gown of silver tissue looped up by some strange moonstones that she always wore. She was looking quite lovely. "I am so glad to see you," she said; "I have not been out all day." I stared at her in amazement, and pulling the handkerchief out of my pocket, handed it to her. "You dropped this in Cumnor Street this afternoon, Lady Alroy," I said very calmly. She looked at me in terror, but made no attempt to take the handkerchief. "What were you doing there?" I asked. "What right have you to question me?" she answered. "The right of a man who loves you," I replied; "I came here to ask you to be my wife." She hid her face in her hands, and burst into floods of tears. "You must tell me," I continued. She stood up, and , looking me straight in the face, said, "Lord Murchison, there is nothing to tell you." - "You went to meet some one," I cried; "this is your mystery." She grew dreadfully white, and said, "I went to meet no one," - "Can't you tell the truth?" I exclaimed. "I have told it," she replied. I was mad, frantic; I don't know what I said, but I said terrible things to her. Finally I rushed out of the house. She wrote me a letter the next day; I sent it back unopened, and started for Norway with Alan Colville. After a month I came back, and the first thing I saw in the Morning Post was the death of Lady Alroy. She had caught a chill at the opera, and had died in five days of congestion of the lungs. I shut myself up and saw no one. I had loved her so much, I had loved her so madly. Good God! How I had loved that woman!'  'You went to the street, to the house in it?' I said. 'Yes,' he answered.
" She sat in the  drawing room..."
 'One day I went to Cumnor Street. I could not help it; I was tortured with doubt. I knocked at the door, and a respectable-looking woman opened it to me. I asked her if she had any rooms to let. "Well, sir," she replied, "the drawing-rooms are supposed to be let; but I have not seen the lady for three months, and as rent is owing on them, you can have them." - "Is this the lady?" I said, showing the photograph. "That's her, sure enough," she exclaimed; "and when is she coming back, sir?" - "The lady is dead," I replied. "Oh, sir, I hope not!" said the woman; "she was my best lodger. She paid me three guineas a week merely to sit in my drawing-rooms now and then." - "She met some one here?" I said; but the woman assured me that it was not so, that she always came alone, and saw no one. "What on earth did she do here?" I cried. "She simply sat in the drawing-room, sir, reading books, and sometimes had tea," the woman answered. I did not know what to say, so I have her a sovereign and went away. Now, what do you think it all meant? You don't believe the woman was telling the truth?
     'I do. 
     'Then why did Lady Alroy go there?
     'My dear Gerald,' I answered, 'Lady Alroy was simply a woman with a mania for mystery. She took these rooms for the pleasure of going there with her veil down, and imagining she was a heroine. She had a passion for secrecy, but she herself was merely a Sphinx without a secret.'
     'Do you really think so?'
     'I am sure of it,' I replied.
     He took out the morocco case, opened it, and looked at the photograph. 'I wonder?' he said at last.
Translation
El lunes fui a almorzar con mi tío,  y alrededor de las  cuatro me encontraba en  Marylebone Road. Mi tío, como sabes, vive en Regent’s Park. Yo quería llegar a Piccadilly y tomé un atajo por muchas callejuelas miserables. De repente , vi delante de mí a lady Alroy,  tapada con un velo túpido y andando muy deprisa. Al llegar a la última casa de la calle, subió la escalera , sacó una llave y entró en ella. "Aquí está el misterio", pensé; y me acerqué presuroso a examinar la vivienda. Parecía ser una pensión. Ella había dejado caer un pañuelo en el último escalón. Lo recogí y lo metí en mi bolsillo. Entonces empecé a pensar  sobre lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que no tenía el menor derecho a espiarla así que me fuí en carruaje al club. A las seis aparecí en su casa. Se hallaba recostada en un sofá, con un elegante vestido de tisú plateado sujeto con unas extrañas adularias que siempre llevaba. Estaba muy hermosa. 
-No sabe cuánto me alegro de verlo -dijo-; no he salido en todo el día .
La miré sorprendido, y sacando el pañuelo de mi bolsillo, se lo entregué. 
-Se le cayó esta tarde en  Cumnor Street , lady Alroy -dije muy tranquilamente.. 
Me miró horrorizada, pero no hizo ninguna tentativa de coger el pañuelo. 
-¿Qué estaba haciendo allí? -pregunté. 
-¿Y qué derecho tiene usted a preguntármelo? -replicó ella. 
-El derecho de un hombre que la quiere -contesté-; he venido para pedirle que sea mi esposa. 
Ocultó el rostro entre las manos y se deshizo en un mar de lágrimas. 
-Debe contármelo -continué. 
Ella se puso en pie y, mirándome a la cara, respondió: 
-Lord Murchison, no tengo nada que contarle. 
-Fue usted a reunirse con alguien -afirmé-; ése es su misterio. 
Lady Alroy palideció terriblemente y dijo: 
-No fui a reunirme con nadie. 
-¿Acaso no puede decir la verdad? -exclamé. 
-Ya se la he dicho -contestó. 
Yo estaba loco, enfurecido; no recuerdo mis palabras, pero le dije cosas terribles. Finalmente, me precipité fuera de su domicilio. Ella me escribió una carta al día siguiente; se la devolví sin abrir y me fui a Noruega con Alan Colville. Regresé un mes más tarde y lo primero que leí en el Morning Post fue la muerte de lady Alroy. Se había resfriado en la ópera, y había muerto de una congestión pulmonar a los cinco días. Me encerré en casa y no quise ver a nadie. La había amado tanto, la había amado tan locamente.Dios mío.  ¡Cuánto había amado a esa mujer! 
-¿Y nunca fuiste a aquella casa? -le interrumpí. 
-Sí -replicó. 
Un día me dirigí a Cumnor Street. No pude evitarlo; me torturaba la duda. Llamé a la puerta y me abrió una mujer de aire respetable. Le pregunté si tenía alguna habitación para alquilar. 
-Verá, señor -contestó-, en teoría los salones están alquilados; pero, como hace tres meses que la señora no viene y que nadie paga el alquiler, puede usted quedarse con ellos. 
-¿Es ésta su inquilina? -quise saber, mostrándole la foto. 
-Sin duda alguna -exclamó-, y ¿cuándo piensa volver, señor? 
-La señora ha fallecido -contesté.
-¡Oh, señor, qué pena! -dijo la mujer-. Era mi mejor inquilina. Me pagaba tres guineas a la semana sólo por sentarse en mis salones de vez en cuando. 
-¿Se reunía con alguien? -le pregunté. 
Pero la mujer me aseguró que no, que siempre llegaba sola y jamás veía a nadie. 
-¿Y qué diablos hacía? -inquirí. 
-Se limitaba a sentarse en el salón, señor, y leía libros; a veces también tomaba el té -respondió ella. 
No supe qué contestarle, así que le di una libra y me marché. 
-Y bien, ¿qué crees que significaba todo aquello? ¿No pensarás que la mujer decía la verdad? 
-Pues claro que lo pienso. 
-Entonces, ¿por qué acudía allí lady Alroy? 
-Mi querido Oswald -replicó-, lady Alroy era simplemente una mujer obsesionada con el misterio. Alquiló esas habitaciones por el placer de ir allí tapada con su velo, imaginando que era la heroína de una novela. Le encantaban los secretos, pero no era más que una esfinge sin secreto. 
-¿De veras lo crees? 
-Estoy convencido. 
Sacó la cajita de tafilete, la abrió y contempló la fotografía. 
-Sigo teniendo mis dudas -exclamó finalmente.

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